sábado, 12 de febrero de 2011

un sueño

Lo vi mezclado con un grupo de jóvenes risueños y despreocupados ante la vida, vestía un chaleco negro, me miró fijamente y me sonrió como si supiera un secreto hermoso que está a punto de revelar. Seguí caminando, aturdida y halagada ante su reacción, sentí que era alguien que conocía hacía años, antes de que las horas fueran tiempo, donde nada seguía ni se detenía. Emanaba de mi un gran cariño hacia éste extraño, un joven realmente atractivo, hacía tiempo que nadie me miraba así. Rápidamente lo tuve que olvidar, siendo otro recuerdo confuso en la memoria, el señor al que seguía delante mío iba casi corriendo, no podía perderlo de vista, pronto me pagaría mucho y realmente necesitaba ése dinero.
(...)
Me subí al tren, nuevo y reluciente, estaba lleno de personas sin rostro ni ganas de ayudar a otros. Comenzó a moverse, se me había olvidado tomarme del pasamanos, el tren comenzó a girar en 90º hacía el cielo y sabía que me caería pero no hice nada por detenerlo, había algo en mi suspensión que me agradaba, la gravedad obedecía y se resistía, todo pasaba en cámara lenta, me pude ver desde afuera cómo me arrastraba por el suelo del tren golpeando a las personas y sin nadie que me sujetara, no me importó. El tren ya iba en los 35º cuando un joven (mi joven) que ya conocía me atrapó en el aire, a él también se le olvidó sostenerse de la baranda y volamos por el aire, miramos nuestro alrededor mientras girábamos lentamente, me preocupé de caer bien en la acera, esperaba que no nos doliera mucho, no obstante el golpe fue tan suave e imperceptible que me dio risa, me quedé unos minutos acostada en la calle tratando de entender lo que acababa de pasar, y me di cuenta que el joven que trató de ayudarme no estaba a mi lado, probablemente nos separamos antes de llegar a tierra. Me levanté rápidamente, miré a mi alrededor y lo vi tirado en el pasto, corrí hasta donde estaba, no se levantaba ni abría los ojos. Lo moví suavemente y le pregunté en un susurro si estaba bien, le acariciaba la mejilla en un intento por darle algo de vida a través de mi piel. Paulatinamente comenzó a abrir los ojos, al verme sonrió con la misma alegría que cuando estaba con sus amigos, y me dijo con un suspiro:
- Por fin te encontré Noelia, pensé que después de verte en la mañana no te podría encontrar nunca más.
Le sonreí entusiasmada y le besé las mejillas, apoyé su cabeza en mis piernas y nos quedamos horas sin tiempo hablando y amándonos en aquel parque de araucarias.

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