El vaso con agua sobre la repisa se empaña, una gota fría recorre los surcos del vidrio y dibuja una línea fina y transparente de humedad, toca la mesa y se expande abrazando la madera, desafiándola, manchándola.
La luz tenue de la lámpara alumbra los rostros.
Las sombras dibujadas en el techo se mueven, gritan, se contorsionan en un ir y venir de siluetas malformadas, una gran mancha sobre sus cabezas.
La suave almohada de rico algodón salta y se estruja, la desordenan, la aman, la mueven y la abrazan, una vez la odiaron, tocan sus pliegues, acarician su blancura.
Dos perfiles se mueven sobre la alfombra con olor a gato, los pies descalzos palpan los pelos desgastados con el tiempo y el maltrato de los días, crujen los huesos de los dedos; el juego terminó.