martes, 18 de junio de 2013
la fallecida
hace tiempo que no lloraba en la mañana durante el desayuno, mejor dicho, hace cuatro años que no lloraba en la mañana. fue un sueño que tuve, un sueño con ella. su rostro, pálido e iluminado, sus labios quebrados por la cicatriz que se hizo de niña, su ceño fruncido.
estábamos peleando, no recuerdo bien por qué, pero los gritos de ambos era inmenso. me lanzó un cojín y un jarro, el cual fue a dar a la puerta del clóset.
todo era –y no– como antes. los olores y colores confundían pero se sentían tan reales.
tuve que detener el auto, prendí el intermitente. las manos me temblaban. aún la escuchaba gritar: «¡pelotudo, soy real, ¿acaso no lo ves?!»
respiré hondo, como me había enseñado la psicóloga. creí que ya la había podido superar, que estos sueños no volverían a ocurrir, ¿habrá sido el pie de limón que cocinó mi madre el fin de samana? a ella le encantaban los pies de limón.
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