domingo, 20 de enero de 2013

el columpio


como tal niña que en su infancia le gustaba columpiarse, visité por última vez el parque y sus juegos. tanta nostalgia y alegrías, se lo quería contar todo. las aventuras extraordinarias en el resbalín, del niño que me gustaba y me invitaba a jugar al sube y baja, de la vez que trató de besarme y yo salí corriendo pero que después igual le di un beso detrás de un arbusto, del juego que uno giraba un montón y te daba tanta náusea que terminabas por odiarlo, y peor aún en invierno después de la lluvia cuando una tremenda poza aguardaba tranquila debajo de sus asientos para empaparte sin previo aviso.
fue volver al pasado. qué importaba si tenía 23 años, ésa niña inocente sigue despierta dentro mío, al igual que su tremendo gusto por los columpios. así recorrí cada juego y lo obligaba a que jugara conmigo. pobre, creo que pensó que era una verdadera chiquilla y que toda mi madurez se vio reducida por el solo hecho de ver los juegos de madera y metal.
primero fui a los resbalines – eran dos – y me subí al que por mucho tiempo me tenían prohibido por su altura. me sentí tremendamente maliciosa mientras subía sus escaleras metálicas, cuidando de no perder el equilibrio y llegar dignamente hasta el final. me senté y observé a mi alrededor, el parque con sus tremendos árboles y arbustos. por un momento sentí un cosquilleo en el estómago y consideré bajarme por las escaleras para no seguir haciendo el ridículo, pero fue tan fugaz ése pensamiento – el cual es bastante estúpido porque nadie hace el ridículo cuando recuerda su pasado – y me lancé. el viento en mi pelo, ojos y vestido. increíble, entretenido, desafiante.
seguí al sube y baja. ahora era yo quien invitaba a un niño a jugar conmigo. se sentía tan extraño y real. un poco torpe al comienzo, pero a medida que te familiarizas con los tiempos y fuerza para generar el impulso perfecto toda la situación se vuelve despreocupadamente natural. lamentablemente él se cansó antes que yo, entre que me hacía un favor por verme sonreír y que consideraba que todo esto era extremadamente infantil. no me importó.
por último me acerqué a los columpios. tanta felicidad entregada por una simple estructura de metal. agarré las cadenas, me senté en el tablón y cerré los ojos. tantos recuerdos acumulados ahí, siempre me subía el ánimo columpiarme hasta marearme por completo. me impulsé hacia atrás y me dejé llevar, tomando cada vez más vuelo. comencé a reír, era lo más grandioso del lugar, casi como volar sentir el viento juguetear, desordenar, confundir. por un momento abrí los ojos y miré al cielo. las estrellas me saludaban fugaces. lo vi prender un cigarro y fumarlo mientras me veía columpiar, me sentí ultrajada, como si todo lo que hiciera fuera un show personal para él, y no entendía que quería compartir este momento personal de mi vida con él, al parecer nunca lo valoró. no dejé que su idiotez me afectara, yo seguí tremendamente feliz y tranquila columpiándome y haciendo todas las piruetas que recordaba.
después de media hora decidí que era momento de partir. me detuve en el columpio, respiré profundo y le dije que nos fuéramos. él solo asintió. cruzamos el parque y sus juegos, me detuve para apreciarlo por última vez, recordarlo de la mejor manera que la memoria me lo permitía.
al otro día ya habían comenzado la construcción.

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